Por si deseas saber la historia de la aldea,

sus tradiciones…

 

 

    Esta hacienda sitiada en el corazón de la tierra andaluza se encuentra al sureste de Alcaudete, y se asientan casi medio millar de habitantes repartidos por los blancos cortijos.

Embellecen nuestro horizonte, los eternos moños de los montes de San Pedro, adornados con pinos y abundante pelambre de olivo.

Le siguen en su contorno, el monte Las Cabreras, el Cerro Caniles, el tajo El Grajo, el monte Las Hermanillas, la Loma Larga, el Cerro Rosa, y alguno más que se me olvida en el tintero.

 

  Cercada por grandes fincas como La Dehesa del Tobazo, el cortijo Las Salinas, el cortijo Los Naranjos, El Altar, el cortijo Santaella, el cortijo San Antonio, el cortijo de Chivarrez, Las Caserías; fastuosas fincas, como decía mi abuelo Antoñolín, de gente pudiente con mucha influencia. Hoy, el tiempo ha borrado su poderío y sólo quedan algunas huellas de su ostentosidad.

 

   Sabariego goza de un paisaje determinado por escarpadas pendientes de olivos y áreas de huertas abrazadas por el río San Juan, siendo éste, destino andante de lluvia que besa y esculpe con su lengua de agua los contornos del pueblo.

Cito un rincón especial  “Charconales”, el atractivo natural, sin lugar a dudas, que más destaca de esta zona. Llamado así desde los viejos tiempos. Su vientre revuelto de espuma fiera, alberga  ardores de melancolía, aliñados con silenciosos secretos de amor y muerte…

Cada verano, los jóvenes se citan allí para “pelar la pava”, y con alegría, alientan los festines del amor en la queja dulce del éxtasis y en el silencio de besos quebrándose en el agua…

 

   Esta aldea posee un dominio paisajístico de deliciosas panorámicas donde la pereza afila sonrisas en la meditación. Aludo, entre otras, al cerro La Harina, denominado así por ser el trayecto más corto hasta los antiguos molinos harineros que se encontraban a orillas del río San Juan. En sus alrededores abundan pinares, retamas y esparto, además de algunas encinas y quejidos.

En este cerro se asienta una atalaya morisca de la época de contiendas entre árabes y cristianos. Se la denomina el balcón al Sabariego, por su estratégica situación. A pesar de los años, su piedra custodiada por el tiempo, aún permanece erecta e inmóvil como fiel centinela, resistiendo los vientos que la fustigan inclementes.

 

    Aparte de la torre La Harina, otras atalayas como la torre El Moro y la torre Los Ajos, coronan los cerros de la aldea.

 

   En los repechos amigos de estos montes y entre pinos, crecen en abundancia retamas, setas, escaramujos, majuletos, chopos, arbulagas y espartales; amparando a conejos, zorros, erizos, tejones, escorpiones, lagartos,, salamandras, gatos monteses, liebres, comadrejas, hurones, algún ciervo, ginetas, jabalíes…

También cálido refugio  para muchas aves: zorzales mirlos, gorriones comunes, colorines, firfitas, urracas, tórtolas, vencejos, águilas, halcones, colirrubios, verdines, grajos, palomos, mochuelos, aguaquíes, lechuzas, trigueros, pinzones, gorriones manteses, aguaquíes, cucos, petirrojos, vejetas, sordicas, golondrinas, cabecicasnegras, cuclillos, perdices, cañaveras, codornices, abejarucos, abubillas, murciélagos etc.

 

    En los claros de los olivos y en los ribazos de las cunetas, la naturaleza brota con ímpetu campando a sus anchas hierbas comunes como espárragos trigueros, ortigas, jaramagos, alcaparras, tomillo, romero, lavanda, torvisco, cerrajas, berros, hinojos, majoletos, garnillooveja, lidia, malvas, avena, yeros, carrihuela, lengua de vaca, almirones, melisa, diente de león, alfilericos, cardillos, escobones,  burundanga (droga de la voluntad), lenguaza, macuca, mastranzo, rúcula, maleza, ajoporro,  morrino, toronjil,  majoletos, ruda, mejorana, ajoporros , cilantro, espino blanco, hierba luisa, zamarros alpargatas pamplina, colleja, achicoria…, todas hijas del monte y hermanos de piedras, serpientes y alacranes.

 

  En abril se abre la primavera en aromas de almendros, cerezos, duraznos, albaricoques, peros, manzanos, ciruelos Claudios, limones, naranjos…, y en colores vivos como el de las amapolas, clavellinas… En la vera del río es común ver cohabitar a las ranas, los sapos y las serpientes entre los álamos, juncos, zarzas, cañaverales, lirios y el azafrán salvaje. En la cueva el cuco y en la torre se han visto murciélagos y alguna que otra víbora. En las noches de verano es poco usual ver alguna que otra luciérnaga.

 

   En verano "de higos y brevas, las barrigas llenas", como decía mi abuela María, alimentan las despensas.

 

   En otoño es muy común machacar las olivas verdes y algo moradas, hacer  un rico membrillo casero, comer migas con granadas, elaborar bollos con higos secos al sol (me trae siempre recuerdos muy gratos, el sabroso olor a bollo de higo que respiraba la alhacena de mi madre, sobre todo a la hora la merienda), recoger nueces de los nogales del río y al paso por los repechos del monte, hincharte de majoletas.

 

   En invierno, cuadrillas de aceituneros-as: cuerpos de roca viva, de acero forjado…, reservan sus bríos para las duras faenas que, día a día, afrontan en el campo. Esconden el dolor entre los puños, a golpes de vara sobre el olivo.

No puedo evitar nombrar la vida en estos predios sin remontarme a mi niñez, viniendo a mi mente un poema leído en alguna parte:

 

 “En aquella adolescencia lejana,

 

 los campos de trigo y cebada,

 

 eran como un ejército

 

 y la hoz en mi mano, una espada”

 

 

   …Hace tiempo, por el año 1965 y en la recogida de la aceituna, a las peques nos vestían de valientes. Ataviadas con un tosco hábito: un refajo largo, un pañuelo en la cabeza para evitar los sabañones en las orejas, una esportilla en las manos y, a ver quién coge más aceitunas, a peseta la espuerta.

 

   El día que las nubes amenazaban con desahogarse, se aguantaba en el tajo el máximo tiempo posible para no perder la jornada. Recuerdo como nos cogíamos a la cola de los mulos para poder salir de los olivares ya que nuestros pies se hundían en el suelo y no podíamos ni con la suela de los zapatos… Tanto si llovía o escampaba, llegabas a casa calada hasta los huesos y de barro hasta los ojos.

 

   A veces, las heladas de la noche anterior habían sido de padre y señor mío, y la tierra húmeda pegada al suelo de las botas (zarpas, le llamábamos), nos hacía caminar dando trompicones hasta rodar por el suelo blanco y resbaladizo. Era puro el frío y el temblor pegados a la garganta. Las manos se amorataban tanto que recogía diez aceitunas y se nos caían siete. El rostro de mi hermana Maravilla y el mío, era todo un poema suplicante… Papá, piadoso, nos encendía una lumbre para que nos templara un poco el cuerpo. La manteníamos avivada con algunas raíces y palos secos, además de los ramuchos caídos del vareo del olivo. Mi madre, Natividad, ponía piedras en la lumbre para calentarlas y pasarlas muy rápidamente de una mano a otra para no quemarnos. A la hora del almuerzo, sentados sobre sacos de aceituna, sobre una piedra, o sobre los fardos tirados en el suelo, abríamos la capacha y bailaban nuestros ojos ante los sabrosos choricillos, el tocinillo, el bollo de higo, el salchichón casero, el canto de aceite con tomate o alcachofas… También portábamos un pequeño transistor en el que Antonio Molina, Juanito Valderrama, o Manolo Escobar, nos deleitaban con el “Soy Minero, El Emigrante, o Mi Carro” (entre otros…), y entre copla y copla, mi padre (Casiano, para los lugareños), nos enseñaba a retener en nuestra memoria los nombres de la casta de los olivos:

 

   -Este olivo se llama cornezuelo, este otro verdial, carrasqueño, picual, manzanillo, nevao, lucentino, gordal…, -nos decía, papá, y así, poco a poco nos enseñaba a amar la tierra, ardiente o fría, según la época del año.

 

   Fueron tiempos duros, muy duros. Y cuando terminaba la faena, mientras los hombres llevaban la aceituna a cuestas de los mulos hasta el molino, a tres o cuatro kilómetros y hacían cola en la torva para que les pesaran los sacos, las mujeres llegaban a casa casi anochecido, y alimentaban los cerdos, recogían las gallinas que campaban a sus anchas por los olivos, ordeñaban las cabras; a mí, me mandaban  “carearlas”, que era pastar hierba en los bordes de la cuneta, para dar buena leche. También sacaban el estiércol de la cuadra de los mulos, eso sin contar con que no tuvieran que coger la canasta de los trapos sucios a cuestas, e irse a lavar al pilar, a casi medio kilómetro, para regresar completamente de noche y encender la lumbre para hacer algo de cena, calentar el agua para asearse un poco, hervir la leche de cabra recién ordeñada, tomarse un tazón de ella con sopas de pan, y al catre, que mañana era otro día para emprender tajo de nuevo.

Al cabo de unos meses de fatigas y cansancio pegado a los huesos,  llegaba lo que denominamos el remate: festín para celebrar el término de la recolección de la aceituna. Un jolgorio en el que ardían las risas en nuestras gargantas achispadas: unas por el vino, y otras por la alegría incesante de la fiesta.

 

   ¡Ah, qué tiempos…! Para nosotros, los peques, cualquier monotonía se tornaba en aventura.

 

No lo fue tanto para nuestros mayores que, mientras hablaban de ideales, de futuro, de lucha, de igualdad…, esquilmaban  la fuente de riqueza o pobreza que produce el campo de sol a sol, dejándose la piel como esclavos..., siempre espiando las cabañuelas del cielo, el azar de los vientos o la llegada de las nubes, rogando a ese Dios prosperidad y lluvia en el tiempo de siembra.

 

   Mis viejitos me cuentan, entre suspiros, cómo sienten ahora, la nostalgia.

Echan de menos aquellas tardes envueltas en ese dulce olor que mana del campo, en donde se hacían corrillos, sentados en sillas de anea, mientras deshacían las mazorcas de maíz, rajaban aceitunas, pelaban almendras o elaboraban con la pleita, esteras, ramales, sogas y espuertas para la recogida de aceituna.

 

   En mis ensoñadores recuerdos he pensado siempre que el pan que nos comíamos en aquellos tiempos, con trinchete o a pellizcos era más sabroso, que el agua era más dulce, que el cielo era más limpio, y las noches más claras…

 

   Actualmente en El Sabariego apenas hay tierra calma en la que sembrar los cereales de antaño. Hoy sus habitantes siguen siendo campesinos de labranza, y ésta faena ya mecanizada, ha hecho que las yuntas de mulos, el arado, la hoz, el trillo, el hocino, la horca, el viergo..., sean ya sólo historia.

Trabajan sobre todo en la recolección de la aceituna, la tala del olivo al término de ésta y en las huertas, labrando las hortalizas en los aledaños del río San Juan.

 

   Quedan pocas cabras, burros, mulos…; en algunos cortijos alejados de la aldea, aún elaboran un exquisito queso de cabra con el sabor de siempre. También se crían gallos coloraos, esos de las patas gordas que hacen buen caldo.

 

   Sigue siendo tierra de cazadores; los tenemos muy buenos en la aldea: Los Menas, Los Malagones y El Ciruela, entre otros...

 

   Que se recuerde, a primeros del siglo xx hubo una panadería justo debajo de la plaza La Pasailla, al dueño se le conocía por el mote de “Maquilejo” aunque su verdadero nombre era Domingo.

 

   Desde mediados del siglo xx, la única panadería ha sido la del Molino Malagón. Hace unos años vendieron el molino a unos ingleses que lo han reconstruido como casa rural. Un delicioso rincón junto a la orilla del río.

El último molino de aceite ha pertenecido al “Duro” hasta el año 2012.

 

   Buceando en los recuerdos de mis viejillos, me cuentan que había una taberna a la que llamaban “La Paquilla”. Al morir ésta, pasó a ser regentada por “Mangas” una tasca para beberse unos chatos de vino y jugar a las cartas.

 

   También conocí en mi niñez un colmado en los alrededores de La Pasailla, cuyos dueños se les conocía por “El Lele y La Lumi”, en el que podías encontrar desde una escoba, una bombilla, hilo para coser, lana para tejer, velas, leznas, tenazas para el fuego, calderas para la matanza, aliños de todo tipo, la azada y el amocafre para escardar y yerbear el sembrado, un exquisito queso de cabra de la zona, un grueso bacalao, leche en polvo ( aquella leche que nos daban de pequeños y se nos pegaba al cielo la boca...), garbanzos, alubias amojonás, alpiste, trigo, hasta agujas gigantes para coser pleita. También pequeños setines, y puntillas para clavar en la pared, nogalina, azulete para el blanqueo de la ropa. Sin olvidarme de los sabrosos cotilleos que allí se gestaban…

 

   Y en mi adolescencia, recuerdo que había un salón para celebrar bodas, que le llamaban el salón de Juanico, en el barrio “La Guita”.

 

   También existía una taberna, “La del Macizo”. Recuerdo que por el precio de una fanta o gaseosa podíamos disfrutar las mozolillas, niños, padres y abuelos, de las míticas películas de Antonio Molina y Manolo Escobar, entre otras… Y de los circos ambulantes (con monos, osos, y equilibristas), que se dejaban caer por allí para regocijo de la aldea.

El Mazi preparaba un exquisito rabo de cerdo en salsa, para chuparse los dedos. Y para remate nos divertíamos en su salón con los bailes que organizaba de higos a peras. Me viene a la memoria el grupo “AMANECER” perteneciente a Alcaudete. Disfrutábamos de sus baladas con avidez...

¡Ahhh, qué tiempos! Cuánto reíamos con tan poco…

 

 

       Hoy sólo queda una tienda, “SuperManuela”, una mujer encantadora y simpática a la que quiere todo el pueblo. También una taberna, la de su marido “El Chicha”, en dónde habitualmente los hombres se reúnen para jugar a las cartas, tomarse un cubata y tertuliar…

 

   Hay un  restaurante “El Cele”, a orillas del río San Juan, en el cruce de San Antonio, en donde se degustan buenas tapas y sabrosos platos, mientras se da una vuelta por el mercadillo de antigüedades que festejan cada domingo de fin de mes.

 

    Y aunque parezca extraño, aún se firma un pacto con un estrechón de manos; un honor que perdura desde siglos.

 

 

   Vamos perdiendo la memoria cercana, cada vez menos grata, y vamos ganando la memoria lejana en la que buscamos identidad, raíz… como los arboles hechos, aumentar la raíz incluso si el ramaje no es tan crecedero. Siento así al asomarme al portillo y contemplar mis montes, mis casas blancas... Advierto un pálpito arraigado en mi alma que no languidece aunque transcurra una eternidad. Y pienso que no hay página que no haya tocado mi corazón si es el nombre de mi aldea el que aparece escrito en ella.

 

 

 @Anif Larom

 

     He creado esta web para todo aquel que desee asomarse a nuestro pasado, nuestro presente, nuestras costumbres y nuestra cultura.

 

 

Pasen a la derecha, pinchen y lean, lean retales sueltos de nuestra historia.
En el banco de los ratos muertos del barrio La Moncloa, me lo han contado...

 

 

 

 Panorámica de Sabariego, desde el cerro La Harina

Comentarios: 17
  • #17

    sabariego marlo (jueves, 07 junio 2018 04:01)

    alguien me podría decir algo del significado de apellido sabariego, historia, y de mas, por favor.

  • #16

    Lourdes Navas (domingo, 12 febrero 2017 17:09)

    He encontrado esta pagina de casualidad. Y estoy sorprendida porque no sabia nada de la tierra, que vio crecer a mi madre, sus raices. Yo la habia escuchado hablar muy pocas veces de su vida en la adolescencia y de su niñez. -Creo saber porque-. Ha sido despues de su fallecimiento, cuando me interese por conocer un poco mas sobre Sabariego que fue el lugar que la vio nacer y crecer.

  • #15

    Francisco de Asis (lunes, 16 mayo 2016 10:14)

    Hola, buenos días,

    esta mañana he decidido escribir pues de agradecimiento por ello y de animo a seguir contando todo lo referente a este magnifico lugar.



    Mi abuela materna Manuela Josefa Torres Freijoó q.e.p.d. era hermana de la madre de Serafín Padilla Torres "el azahones"q.e.p.d, y demás hermanos.

    Mi madre Adoración Romero Torres q.e.p.d. prima hermana de estos.

    Cuando era pequeño en innumerables ocasiones viajamos en taxi a visitar a la familia que por parte materna residía en Sabariego, entrado ya en la carretera pasando el rio San Juan y recorridos unos 300 a 500 m. había casita terminada en teja que se veía deshabitada y en muy mal estado, pasando junto a ella cada vez que viajamos su frase era: mirad hijos, ahí nací yo, y me crie hasta los 8 o 10 años. Eran tiempos difíciles y mi abuelo materno Francisco Romero Cibantos q.e.p.d. se decidió por otro lugar. En la actualidad esa casita (he tenido ocasión de comprobarlo) no existe, hace un poco de tiempo estuve parado allí, hay como un ensanchamiento junto a la carretera.

    Las veces que llevé a mi madre siendo ya mozalbete al Santo Custodio y Santo Manuel fueron muchas. Hace poco estuve en Los Chopos, aquello ha cambiado de cuando yo lo visitaba.

    Escribo esto porque me encanta ese lugar, pero lo mas, es en honor a mis padres que supieron inculcar en mi lo que hoy siento.

    Me he extendido, le ruego me disculpe. Un abrazo.




    Atte. Francisco.

  • #14

    Anif Larom (lunes, 24 agosto 2015 11:37)

    José Herrador, es lo bueno de nutrirse de las nuestras raíces, y al retroceder en el tiempo, los dulces recuerdos que en la juventud hervían en tu cuerpo, queden subrayados con Mayúscula en tu memoria.
    Un largo abrazo, amigo.

  • #13

    Anif Larom (lunes, 24 agosto 2015 11:27)

    Paula Bermúdez, me emociona que desciendas hasta cálido refugio de los recuerdos prestados, jamás escritos, que dormitan inmóviles al calor de sus muros y en la memoria de nuestra gente.

    Gracias por seguirme.

  • #12

    Anif Larom (domingo, 02 agosto 2015 13:53)

    Abelardo Olmo, amigo, son momentos dulces leer tus palabras. Gracias a ti, por bañarte en nuestra historia…

  • #11

    Anif Larom (miércoles, 22 julio 2015)

    Bego, no hay nada más bello que tus palabras, para alguien que escribe. Es un honor para mí que te sientas emocionada por las mías…

  • #10

    Anif Larom (miércoles, 22 julio 2015 12:22)

    Manolín, gracias, por acercarte a estos predios y disfrutaras con la lectura. Una fortuna la mía estar rodeada de buena gente. Aprecio todo el cariño que me prodigas.

  • #9

    Jose Herrador (lunes, 20 julio 2015 18:16)

    El relato sobre este pueblo con sus costumbre y vivencias, no solo es entrañable sino que nos acerca a una epoca pasada, pero de la cualquier persona que visitara esta localidad en sus fiestas, mayormente la conocida como Del Palo, que tiempos aquellos donde la juventud hervia en tu cuerpo, estos recuerdos imborrables todavia erizan los cabellos y por momentos retrocedes en el tiempo.

  • #8

    Paula Bermúdez (lunes, 22 junio 2015 19:58)

    Hoy leo tu respuesta a mis comentarios acerca de tus escritos sobre el Sabariego.¡Cuanta verdad y poesía encierras en tus palabras! Sigue escribiendo y deleitándonos con tus preciosas historias.Tendrás en mí una fiel lectora que disfrutará y revivirá con ellas viejos recuerdos que ,a lo largo de los años,han permanecido anidados en lo más profundo de mi corazón.

  • #7

    bego (viernes, 12 junio 2015 17:04)

    me ha emocionado leer tu relato
    yo solo naci alli ,pero en mi subcosciente ,hay emociones que me hacen creer que he vivido todas las secuencias que narras.

  • #6

    Anif Larom (jueves, 28 mayo 2015 20:13)


    Paula Bermúdez.
    Agradezco que dedicaras tu tiempo defendiendo nuestros sentimientos, nuestras costumbres, arraigadas en la piel de esa tierra en la que nacimos y amamos... Muchos fueron los años en los que, poco a poco, se fueron tejiendo nuestros destinos en este mágico lugar de olivos y agua. Y siento ese pálpito arraigado en mi sangre que no me permite olvidar esa infancia y cándida adolescencia (qué bien lo expresas), en la que nos sentíamos felices con lo que teníamos, que no era demasiado, y con solo un pensamiento nos comíamos el mundo…

    “Por los siglos de los siglos” Amén


  • #5

    Anif Larom (jueves, 28 mayo 2015 19:57)

    Hola Santiago. Mi memoria tiende a ser olvidadiza, y es por eso por lo que deseo permitirme escribir mi experiencia y la de tantos lugareños que sé, sienten como yo, de gratos recuerdos que nos dejaron huella...

    Me alegra robarte unos minutos de tu tiempo para visitar mi aldea. Mil gracias

    Un saludo.

  • #4

    Santiago. (sábado, 23 mayo 2015 17:18)

    No es historia,
    ni caliente ni fría.
    Ni memoria.
    Es experiencia viva.

  • #3

    manolin (miércoles, 20 mayo 2015 01:15)

    Me a emocionado mucho esta historia, eres jenial

  • #2

    ABELARDO olmo (miércoles, 13 mayo 2015 00:20)

    Enhorabuena y muchas gracias!

  • #1

    Paula Bermúdez (martes, 12 mayo 2015 16:50)

    ¡Qué bien, querida Fina, has sabido plasmar los sentimientos, los modos de vida, los
    paisajes y costumbres de nuestra maravillosa aldea! Son tantos los recuerdos y vivencias que ,leyéndote, se agolpan en mi mente , que parece revivir en ella nuestra feliz niñez y cándida adolescencia.
    ´Hoy,pasado medio siglo y con la sociedad tan cambiada,me llena de ternura ver cómo aún perduran allí ciertas tradiciones que jamás deberían cambiar.Me emociona ver nuestra preciosa iglesia dónde el dulce aroma de rosas,azucenas ,celindas, lilos...permanece inalterable, la camaradería y hospitalidad de sus gentes es digna de alabanza, Seguimos buscando espárragos y setas...Todo nos retrotrae a un pasado que, gracias a tus escritos, perdurará y que ojalá se mantenga por los "siglos de los siglos".

Aldea de Sabariego
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